Martes, Mayo 24, 2022
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LA SINGULARIDAD DEL SER

En la introducción de La metamorfosis y otros relatos, Jordi Llovet –profesor de la Universidad de Barcelona– afirma que “la obra entera de Kafka (…) está impregnada de un curioso anhelo de individualización y de singularidad” (XXII). Y ciertamente son dos palabras que parecen englobar la sensación que transmiten las siguientes líneas del relato “Un artista del hambre”:

Podía ayunar cuanto quisiera y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle, la gente pasaba a su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del ayuno? A quien no lo siente no es posible hacérselo comprender (Kafka 99).

En las siguientes líneas, pretendo hacerte ver cómo la literatura (lejos de ser incomprensible o complicada) siempre nos da una respuesta brillante ante diversos escenarios de nuestra vida. Así como el arte de ayunar, que día tras día desempeñaba este esquelético hombre con dedicación, entereza y pasión por su oficio, son muchas las circunstancias, situaciones y sentimientos que pueden amoldarse a esta reflexión kafkiana, ya que permite diferentes lecturas.

LA IDEA DE LA INDIVIDUALIDAD

Parece propicio iniciar con la idea de individualidad, latente en toda la imagen literaria, pero sobre todo; en esa inútil pretensión de explicar a otro lo que sentimos. Como seres humanos, que en principio venimos solos a este mundo, vivimos experiencias únicas y por más similitudes que se encuentren entre circunstancias semejantes en modo, tiempo y lugar, nunca se vivirán de la misma manera con respecto a otra persona.

Ahora bien, esas experiencias influyen completamente en nuestra personalidad, nuestros gustos, inquietudes y carencias, nos moldean como seres exclusivos e irrepetibles. Existen muchos ejemplos que pueden ilustrar esta afirmación, es decir, ¿cómo explicar lo que se siente estar enamorado a quien no conoce el amor? y ¿cómo explicar un sentimiento tan abstracto como ese si no ha vibrado en el alma de quien lo desconoce?¿Cómo hacerle sentir a otro la misma pasión que nos generan los poemas de nuestro escritor favorito? ¿De qué manera se explica la emoción de admirar una obra de arte? y más confuso aún, ¿de qué manera se puede explicar lo que significa el arte a quien no es artista? Cualquier esfuerzo en demostrar nuestras aficiones, pasiones o sentimientos será un irremediable fracaso para quien no lo siente.  

Ese quiebre entre dos perspectivas, la de aquel que siente “el arte” y el que no, es lo que lleva al ayunador a querer explicar la hazaña que representaba su ayuno, aparentemente poco atractivo para los espectadores. Tal vez, aquí se nos presenta una alegoría de la disociación del arte con respecto al público, ya que este último no es capaz de ver más allá del mero espectáculo. Pero ¿realmente tenía sentido su arte?, un arte con un incómodo matiz de muerte que era comprensible ignorar a toda costa.  

Nos hallamos ante uno de los paradigmas literarios más logrados de una civilización en la cual la inteligencia o la libre voluntad del individuo adquieren una singularidad tan rara, tan insólita y tan “desconsiderada”, que hasta parece lógico que triunfe sobre ella el peso de la vulgaridad y de la convención (Llovet XXVIII) 

Aunque la singularidad pueda tornarse insólita; sigue siendo algo intransferible, algo que nace y muere con cada uno de nosotros. Por otro lado, al igual que las emociones y las pasiones, sucede algo parecido con la vocación del artista del hambre que puede equipararse a la vocación del maestro, del poeta, del médico o del periodista. En fin, las convicciones que llevan a cada individuo a profesar un oficio con empeño y amor, más allá de las ganancias monetarias o de la aceptación de la sociedad, llevando su “arte” hasta las últimas consecuencias de su capacidad.

Justamente como lo siente el artista del hambre en algún momento del relato, esa gloria de “sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de ayunar” (93). Aunado a una ferviente demostración de vocación y respeto por su arte, en ese deseo de llegar hasta lo inconcebible este hombre parece reflejar una profunda inconformidad consigo mismo, pareciera que la proeza de ayunar durante cuarenta días no era suficiente; tal vez, esa insatisfacción o extraño vacío obedece simplemente a su ambición artística. 

LA EXCLUSIVIDAD QUE GOZAMOS

En todo caso, el arte del ayuno o ayunar puede pensarse como amar, sufrir, añorar, o como enseñar, cantar, escribir; cada sentimiento o vocación por muy raro o universal que sea se siente de manera particular, de acuerdo al contexto, a la experiencia y a la forma de ser de cada persona; y por más común que parezca un oficio, ningún hombre lo ejecuta igual que otro, nadie puede traspasar a otro su vocación, y mucho menos las infinitas sensaciones que algo despierta en su alma. ¡Somos únicos! Y es en esa pequeña exclusividad que gozamos como individuos, donde nos desligamos de toda convención y donde, precisamente, encontramos la más pura libertad… aunque acabemos marchitos en una jaula, bajo un montón de paja olvidada. 

Referencias bibliográficas: 

Kafka, Franz. “Un artista del hambre” en: La metamorfosis y otros relatos (Jorge Luis Borges trad.) Caracas: Biblioteca El Nacional, 2000.

Por:
Belén Alejandra Zapata
Colaborador de Infograma.net

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Belén Alejandra Zapata Gavide, venezolana, nacida el 02 de diciembre de 1992. Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela; Máster en Marketing Digital y Analítica web, por Neetwork Business School de España.

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